Historia de la Cerdeña

La historia sarda viene a menudo impregnada de tópicos concernientes un cierto cierre económico y social que le sería estructuralmente peculiar desde hasta la noche de los tiempos. Hay que ir hacia atrás en el tiempo de algunos milenios para entender a fondo como esta visión sea un poquito falseada por concepciones estereotipádas.

En realidad ya en época prenurágica la civilización sarda era extraordinariamente rica: la cultura de origen oriental de Ozieri, que viene considerada la primera grande cultura sarda, floreció hace 6 milenios (3800 a.C. – 2900 a. C. aproximadamente) propio como fruto del feliz encuentro cultural y comercial entre los sardos prenurágicos y poblaciones neolíticas griegas, que se presume hayan introducido en la isla artes manufactureras hasta entonces consideradas típicas de las Cicladi y de Creta y dado nuevo impulso a los comercios y a la organización social y cultural de la isla. Se remontan a este período las domus de janas (casas de las hadas), las tumbas excavadas en la roca en el interior de las cuales han sido halladas muchas estatuitas que reproducían la próspera Madre Diosa mediterránea, así como otras sepulturas símbolo de una religiosidad ligada a la naturaleza que acerca de nuevo Tirreno y Egéo. El complejo más importante de este tipo de tumbas es aquel de Sant’Andrea Priu, cerca de Bonorva y del Valle de los Nuragas, pero se encuentran numerosas en muchas otras partes de la Cerdeña.

Se supone que la nueva cultura que se había generado fuera organizada en muchas comunidades que se dedicaban inicialmente a la agricultura y que convivían pacíficamente. En efecto no fueron halladas fortificaciones de defensa alrededor de las aldeas, ní armas en el interior de las sepulturas en número tal de evocar el mismo tipo de belicosa conflictualidad que tendrán más tarde las tribus nurágicas y de que son pruebas evidentes los numerosísimos nuragas construidos en gran parte de la Cerdeña. Sin embargo la misma civilización nurágica también, aunque particularmente concentrada sobre las luchas tribales, no estaba dedicada sólo a la guerra: convertídase ya en una sociedad pastoral, era de todas formas próspera y comerciaba abertamente con las Baleares, la Grecia y el Medio Oriente, viviendo una verdadera “edad del oro”.

A ponerle fin fueron las ocupaciones extranjeras: el aislamento y el repliegue hacia el interior ocurrió después de las invasiones fenicias, pero sobretodo púnicas, que penetraron mayormente en el interior empujando los Sardos a preferir las zonas más intransitables e inalcanzables del interior a aquellas costas en que la vida se había vuelto tanto más insegura. Desde entonces a su milenaria civilización prenurágica y nurágica se han sobrepuesto tantas estratificaciones de historia cuantas son los pueblos que han atracado sobre sus orillas: después de los fenicios y los cartagineses llegaron los romanos, los bizantinos; luego (después de la única pausa unitaria de la historia de la Cerdeña que, después del abandono de las instituciones únicas en su género en la Europa del tiempo, los juzgados), los pisanos, los genoveses y finalmente 4 siglos de dominación aragonensa, antes que también los Savoia tuvieran sus rompecabezas por resolver con un independentismo nunca calmado.

Sin embargo estas sucesivas olas, en contra de las cuales las poblaciones sardas siempre han opuesto la que Lilliu llamó una “constante resistencial”, no han logrado a rasguñar más, si no en parte, los caracteres peculiares de el ya consolidado mundo pastoral en que la acentuada insularidad ha contribuido de manera esencial a presevar casi intactas las antiguas tradiciones. Esto hasta la última estirpe de conquistadores, que en el siglo pasado ha invadido pacificamente la Cerdeña “obligando” el antiguo mundo sardo a revisar su propio estatus de isla en la isla y a volverse a acercar al elemento acuático: la estirpe de los vacancieros.

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